O más conocidas como: nubes.

 

Siento una fascinación por ellas desde pequeña. Debe ser porque, en mi más tierna infancia (si es que alguna vez fui tierna), mi mamá solía proponerme el juego de mirarlas y descubrir formas fantásticas. Recuerdo haber visto gigantes, perros corriendo, niños, ciudades y mil más. Cada tarde traía su nube. Y con ella, la sorpresa de la aparición de una fábula celeste.

Hoy, cada vez que deseo fugarme, tomo lugar en una ventana y simplemente las miro. A veces me dejo cegar por el brillo que el sol les imprime. Otras, soy testigo de la formación o la desaparición de una tormenta...o de un arcoíris. ¿Existe el oro a su final? Y siempre que lo pregunto, me respondo que esa fortuna es la que me queda en el alma al haber asistido a su presentación.

Cuando veo un avión pasar por entre medio de ellas, recuerdo las veces que estuve yo allí: mirándolas desde arriba o en su centro, y me regocijo de placer. Si bien para mí volar es estresante, encontrar una nube (o varias) en mi ruta hace que el viaje sea más amable, hace que me resulte más agradable. Claro, dejando las turbulencias de lado.

Un quinto piso ofrece una altura considerable para mirarlas desde otra óptica. Y, cuando me siento inspirada, las retrato. Ellas sonríen para mi lente.

¿Será que vivo en las nubes?

¿Y vos? ¿A qué jugabas con tu mamá?

Las que dejé acá son unas nubes que me miraron.

Sí, me miran...¿creen que estoy loca?

Y sí...

...Paty es así©